En 2018, cuando Estados Unidos retiró su apoyo al acuerdo nuclear con Irán, el país no solo perdió acceso a los sistemas bancarios globales: perdió la capacidad de vender su petróleo, recibir pagos internacionales o mover dinero sin ser rastreado. Lo que siguió no fue una caída, sino una reinvención. Irán no se rindió. En su lugar, encendió máquinas.
El poder del electricidad barata
Irán tiene una de las reservas de gas natural más grandes del mundo. También tiene una red eléctrica sobrecargada, con apagones frecuentes en ciudades como Teherán y Mashhad. Pero para los mineros de Bitcoin, esa misma inestabilidad es una ventaja. El gobierno decidió que el exceso de electricidad -la que no se usaba para casas, fábricas o hospitales- podía convertirse en moneda.
En lugar de pagar por la energía, los mineros la reciben casi gratis. En zonas económicas especiales, como Rafsanjan en la provincia de Kerman, hay granjas de minería de 175 megavatios que funcionan las 24 horas. Estas instalaciones no son empresas privadas. Son joint ventures entre el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) y empresas chinas. No pagan facturas. Tienen acceso directo a líneas eléctricas dedicadas, protegidas por órdenes políticas. Es energía que, de otra manera, se desperdiciaría. Ahora, se convierte en Bitcoin.
Según estimaciones de Elliptic, el 4,5% de toda la potencia de minería de Bitcoin del mundo proviene de Irán. Eso equivale a unos 10 millones de barriles de petróleo en energía equivalente al año. Y no es un accidente. Es política. Un grupo de expertos vinculado al presidente iraní publicó un informe en 2022 que llamó a las criptomonedas "una herramienta estratégica para la supervivencia económica".
De la ilegalidad al sistema oficial
En 2019, minar Bitcoin era un acto de desafío. En 2024, era un negocio regulado. Irán cambió de rumbo. En lugar de perseguir a los mineros, los licenció. En 2022, el gobierno emitió más de 10.000 licencias para granjas de minería. Permitió 90 intercambios de criptomonedas operar dentro del país. Creó un marco legal donde el Bitcoin no se usa para comprar café, pero sí para importar medicinas, maquinaria y hasta partes de aviones.
En agosto de 2023, Irán realizó su primera compra oficial con criptomonedas: 10 millones de dólares en equipos médicos, pagados directamente en Bitcoin. No pasó por el sistema SWIFT. No fue revisado por el Banco Mundial. Fue transferido, cifrado, y recibido en una billetera que nadie pudo bloquear.
El Banco Central de Irán ahora supervisa las transacciones de cripto, pero no las detiene. En cambio, las registra. Cada transferencia de Bitcoin que sale del país es rastreada, pero no bloqueada. Es una forma de control sin censura. Y funciona. En 2024, más de $4.180 millones en criptomonedas salieron de Irán, un 70% más que el año anterior.
El cartel de la minería
No todos los mineros en Irán son iguales. Hay pequeños operadores en garajes, pero el verdadero poder está en las grandes granjas. Estas están controladas por el IRGC, la Fundación Astan Quds Razavi, o empresas vinculadas al ejército. Estos grupos tienen acceso prioritario a electricidad, a hardware, y a protección legal. Son lo que los analistas llaman un "cartel de cripto": una red de entidades con intereses comunes, apoyadas por el Estado.
Las máquinas que usan vienen de China. Aunque las sanciones dificultan el acceso a los equipos más modernos, los intermediarios los traen por rutas ocultas. Se usan ASICs de Bitmain, MicroBT y Canaan, los mismos que dominan en Estados Unidos y Kazajistán. Pero en Irán, el costo de operación es un 80% menor. En Estados Unidos, minar un Bitcoin cuesta unos $7.000. En Irán, cuesta menos de $1.500.
Y eso no es todo. Las transacciones que salen de Irán no van directamente a bancos occidentales. Pasan por billeteras en Emiratos Árabes Unidos, Hong Kong, o redes como TRON. Luego se convierten en stablecoins, como USDT, que se pueden mover sin levantar sospechas. Según análisis de Chainalysis, el 60% de los flujos de cripto iraníes usan este método. Es una fuga de dinero digital, diseñada para evitar el rastreo.
¿Por qué funciona, y por qué no es suficiente?
Irán no es el único país que intenta esto. Venezuela creó el Petro, una criptomoneda respaldada por el Estado. Falló. Corea del Norte roba criptomonedas. Irán no roba. Minera. Y eso lo hace más difícil de atacar. No puedes sancionar una red descentralizada. No puedes bloquear un protocolo que nadie posee.
Pero hay límites. La minería consume tanta electricidad que en invierno, los hospitales de Tabriz apagan los calentadores para darle energía a las máquinas. Los ciudadanos comunes sufren apagones. El gobierno dice que es necesario. La gente dice que es injusto.
Además, el Bitcoin no es dinero. Es volátil. Si el precio cae un 30% en una semana, las ganancias se evaporan. Y aunque Irán ha movido miles de millones, sigue dependiendo de su "flota oscura" de 320 buques para vender petróleo. La cripto no reemplaza al petróleo. Lo complementa.
El verdadero logro no es la cantidad de Bitcoin minado. Es la creación de un sistema paralelo. Un sistema donde el dinero no necesita permiso. Donde una fábrica en Kerman puede pagar a un proveedor en Rusia sin que un banco occidental lo apruebe. Eso es lo que las sanciones nunca diseñaron para detener.
El impacto global
Irán no está solo en esto. Rusia, tras las sanciones de 2022, empezó a minar Bitcoin con energía barata de Siberia. Pero Irán lleva siete años adelante. Tiene experiencia. Tiene infraestructura. Tiene una red de aliados: China, Turquía, India, y hasta algunos países europeos que han firmado acuerdos de cooperación en cripto.
Para las instituciones financieras occidentales, esto es una pesadilla. Cada transacción de Bitcoin tiene una probabilidad de haber sido minada en Irán. No puedes saberlo. No puedes bloquearla sin romper la red. Y eso debilita el poder de las sanciones.
Las empresas de análisis como Elliptic y TRM Labs ya advierten: cualquier intercambio de cripto que opere en Estados Unidos, Europa o Singapur podría estar procesando transacciones vinculadas a Irán. Sin querer. Sin saberlo. Por eso, muchas plataformas han empezado a bloquear direcciones de billetera que se relacionan con mineros iraníes. Pero el sistema Bitcoin no fue diseñado para eso. Y eso crea un conflicto: ¿es más importante proteger las sanciones, o proteger la privacidad de la red?
Lo que viene
En 2025, Irán planea aumentar su capacidad de minería en un 50%. Está construyendo nuevas granjas en Bushehr y Khuzestan, usando energía de plantas de gas natural. Está desarrollando su propia infraestructura de intercambios. Y está explorando el uso de stablecoins y contratos inteligentes para facilitar el comercio con países que también enfrentan sanciones.
Si las sanciones persisten, este modelo crecerá. Si se levantan, podría desacelerarse. Pero Irán no va a dejar de minar. No porque quiera riqueza. Porque necesita supervivencia.
El Bitcoin no es una solución mágica. Pero para Irán, es la única que funciona. Y mientras la red siga funcionando, Irán seguirá minando.